lunes, 26 de septiembre de 2016

Cuando no se dice que se ama a pesar de ser así.


Hasta la saciedad hemos escuchado que debemos  expresar  nuestros sentimientos, reforzar ideas de apoyo, cariño  y aliento a los nuestros, a los hijos, a los padres, hermanos, pareja, a los amigos. Hacerles saber de cuán  orgullosos  estamos de ellos y la alegría de compartir con ellos. En fin crear ambientes en los que la confianza y el amor se desarrollen, así como  el de conciencia y pertenencia al grupo familiar, de amigos, etcétera, todo lo cual haga sentir a cualquiera de sus miembros que puede abiertamente apoyarse en los otros sin sentir  algún tipo de reserva para solicitar ayuda, ya que ante esos fuertes lazos emotivos que se han venido creando, esa identidad y apoyo constituyen elementos esenciales para superar esas situaciones aciagas que pueda estar experimentando.

Todo eso está  bien. Muy bien. Pero que tal si en todos los casos no resulta tan beneficioso como se pregona? Y es que no exista la mejor de las intenciones de quienes promuevan el que se le insista a los niños el cariño que se les tiene, de lo orgullosos que estamos de ellos, que tenemos que der lo más transparente posibles en nuestras relaciones en cuanto a lo que pensamos sobre tales o cuales asuntos.

Qué tal si contrariamente como hemos escuchado el proverbio uno tiende a hacer cosas que no quiere que le hagan a uno? O que a veces es mejor tratar a otros como no queremos que nos traten  a nosotros?

Pues es así, ocurre, existen aquellos a quienes no solo no les interesa que constantemente les estén  preguntando al final de la jornada qué tal estuvo su día, que les pregunte qué hicieron hoy?, cómo les fue? que los llamen a saludarlos 3 veces al día, al mes, al año; pero que por cosas de la vida aquellos que no les gusta, o a medio, han de compartir con personas que si, que desean que los llamen todos los día todo el día, sean los padres, los hijos, la pareja, los amigos, como si la calidad y cualidad de ser padre, hijo, amigo o pareja dependiera de la cantidad, de llamadas, conversaciones e información que se intercambien entre sí, o de la calidad, lo que más podría incidir, ya que las conversaciones pueden ir desde lo más trivial hasta lo más complejo, desde la chismografía hasta las más profundas reflexiones de filosofía política.

Qué decir de los recientes clichés que se han puesto de moda ante las redes sociales y hasta de aquellos que afirman como un dogma aquello de que las nuevas tecnologías acercan a los que están  lejos y separan a los que están cerca, y critican que hasta existen parejas que se les ven sentadas en una mesa de un restaurant, cada uno de ellos más pendientes de lo que pasa en su correspondiente red social que lo que ocurre en su propia mesa con su pareja con quien debería estar disfrutando. Pues podemos decir, que invención tan ideal la de las redes sociales, el poder comunicarse, el de poder estar presente sin estarlo, y ausentarse sin tener que salir, es como todo en la vida, cada quien podrá hacer uso de la presencia real o virtual a su discreción, con la ventaja de hacerlo a su tiempo, y en compañía o no de quien quiera, aquí lo grave quien critica a otro u otros como si quien lo dice le asiste una autoridad moral para ello, y lo peor, su crítica la difunde mediante las redes sociales.

Quien pareciera estar absorto con un teléfono en la mano, ensimismado leyendo, ajeno al mundo, puede ser percibido de manera totalmente diferente por su sus padres, sus hijos, su pareja, sus amigos, sus profesores, etcétera, pero perfectamente puede esta leyendo el periódico, noticias, poesía, sosteniendo una conversación totalmente vacía, técnica, amorosa; el alumno puede estar investigando sobre lo que el profesor explica, pro también algo muy ajeno, los hijos pueden estar no prestándole atención a sus padres, pero pueden estar buscando algo que complemente lo que se les está diciendo, las parejas en el restauran pueden estar buscando cualquier información cuyo contenido lo conversan entre sí. Aquí el problema es más grave, además de la intromisión de un ajeno en pretender imponer un criterio frente otros, es el de darle importancia a los mensajes y sus maneras de transmitirlo. Me imagino que esa clase de personas ven a la misma pareja sentados juntos en un café pero cada uno de ellos con libros de poesía o de historia, su percepción cambia.

No nos vayamos por las ramas, retomando  la idea arriba expuesta. Muchas veces hay quienes han de saludar preguntar sobre las actividades  de otros, cómo les fue en su día o cualquier otro asunto, más porque quien inquiere le gusta hacerlo o porque a quien se le pregunta le gusta más, pero ello no necesariamente significa que quien pregunta, llama o está pendiente, quiere que hagan lo mismo con él, ya que le es muy preferible que en determinado momento, tiempo o etapa de su vida no quiera que le pregunten, le llamen, el inquieran nada, eso está bien, es normal, en cualquier fase de la vida, y no por eso han de dejar de saludar y contactar a los demás, de preguntarles como están, simplemente hace a los otros lo que no le gusta que le hagan a él, simplemente tales convencionalismos no pueden ser obligatoriamente aceptados en su totalidad.

Creo que es muy grave que se le haya dado o pretendido dar una importancia excesiva a esos convencionalismos, y a los mensajes que deberíamos transmitir, mientras que nos estamos apartando de algo mucho mayor, de los interlocutores, que somos de los más variados, de los más distintos, de los más únicos.

Todos desde antes de nacer, desde nuestra concepción, somos seres únicos y distintos, con nuestras propias creencias, convicciones y sentimientos, y desde el nacimiento hasta nuestro fin, todo lo que encontramos en el mundo exterior no ha de servir para desarrollar esos nuestros  propios sentimientos y experiencias, haciéndonos mejores nosotros y los otros; desde nuestros padres, abuelos, hermanos, amigos, compañeros, pareja, hijos, nietos y así; se va pasando la vida de quienes vamos pasando por este viaje en un momento determinado de la historia de mundo, de la humanidad, y procurando dejar la mejor huella posible, desde los círculos más cercanos del entorno familiar como de aquellos más amplios en todo el orbe.

En efecto le estamos dando mucha importancia al mensaje, más que al mensaje a su medio de transmisión, a su instrumentalidad, sea esta mediante una conversación, una carta, un simple papelito con dibujitos y animalitos, una comunicación oficial, o como más recientemente se utiliza, mediante un tweet, un emoticón o un “like”, mientras que con tantos instrumentos nos estamos alejando de lo que es verdaderamente importante, los sujetos de la comunicación, que son, somos, únicos, auténticos e irrepetibles.

Sin quererlo, de manera inconsciente, ante la gran cantidad de formas de instrumental los mensajes, lo cual a veces confundimos con los mensajes mismos, al aceptarlos como válidos únicamente por tal instrumentación a la que le damos mayor importancia, y no es que no la tenga, sino que se ha sobrevalorado, sobrevaloración del medio que ha sido reforzada con todas esas recomendaciones de incentivar la comunicación, sin explicar su sustento y menos aún su finalidad, se crea una especie de discriminación y rechazo del aquel tercero desconocido que simplemente no saluda (y que no tiene obligación de hacerlo) al que se tilda de mal educado y se le convierte en sujeto hasta de improperios y vejaciones, pero de manera no muy distinta ocurre en cuanto a que se aleja y se le tiene como displicente y merecedor de desprecio, además de señalar que tiene algún problema de actitud, el amigo que no llama insistentemente a su amigo y está encima del otro, el hijo que no llama todos los días a sus padres, quien no repita insistentemente que ama a su pareja o a sus hijos, y la conclusión de ello, lo que viene a agravar la situación por parte del receptor del mensaje, es que no se le quiere, no se les estima, que el “otros” no muestra preocupación, o simplemente como se ha proferido desde el inicio de la humanidad  “algo extraño está pasando, dímelo”, “puedes confiar en mí”, “estamos juntos en todo”, “ “no es normal lo que estás haciendo”, “te estás comportando de manera extraña”, y así muchos más.

Muy a nuestro pesar y no obstante las buenas intenciones de quienes promueven una general salutación amical entre los conciudadanos de una ciudad, urbanización, o edificio, el que los miembros de las familias se comuniquen y compartan juntos, que padres e hijos logren la mejor comunicación posible, que las parejas puedan entenderse de la mejor manera, lo que en modo alguno signifique que entre ellos exista una “única unidad de pensamientos y conocimientos”, en otras palabras que deba todo decirse y transmitirse entre sí todos sus conocimientos, sentimientos y pareceres, fomenta la creencia en la conciencia del receptor del mensaje que si el mismo no es transmitido de la manera que ellos esperan, de cómo la convención social dicta que se haga, lo cual es una total vaguedad, tanto el mensaje como su contenido, y más allá, dan como resultado que ese destinatario del mensaje lo considere sin valor alguno, sea desde un “buenos días” hasta un “te amo”, generándose las respuestas como “qué tienen de buenos” y “tu no me mamas nada”, pues para eso es mejor no decir nada.

Por eso; por eso, es que debe revisarse profundamente la teoría de los mensajes interpersonales respecto de los sentimientos de sus interlocutores, claro está que este trabajo le compete tanto al agente activo del mensaje, para lograr transmitir de la manera más clara posible sus sentimientos y pareceres, pero también debe trabajarse el receptor del mensaje, ya que al pretender como válidos solo aquellos que se trasmiten del modo que espera recibir y en el idioma que quiere entender, nos coloca en una situación mucho más difícil de aquel que sin ser ciego se empeña en no querer ver, en este caso entender.

Tales son los casos de los hijos que consideran que sus padres no los quieren o apoyan si no les dan los regalos o juguetes que desean, o de los padres que consideran que sus hijos no los aman o respetan porque no acatan ciegamente sus designios, especialmente cuando son niños o adolescentes, luego con el tiempo, si los hijos no llaman constantemente a sus padres, y qué decir de las relaciones de parejas: si no se llama y se está insistentemente pendiente de todo lo que la otra hace, es que no demuestran amor, siempre habrá una especie de escrutinio comparativo, que si  la pareja de tal lo hace o actúa esta manera o aquella, si le compra o regala esto o aquello, o que si no llaman eso significa que no hay amor, y que si lo hace demasiado, algo debes estar escondiendo “tu sabrás lo que has hecho”. En definitiva este es un tema que desde Sócrates y hasta el fin de la humanidad estará sin resolverse, y menos pretendemos hacerlo ahora.

Recuerdan de la famosa película “Ghost”; la pobre chica como el protagonista en vida no le dijo de manera “alta, clara e inteligible” que la amaba, como no se le dijo en la manera, en el idioma, en el tiempo que la sociedad le hizo creer que debía recibirlo, jamás le creyó, nunca lo hubiese creído, ello a pasar de que el hombre si la amaba, y tan fuerte es esa convención, que luego de la muerte del protagonista, tuvo que buscar la manera de volver al mundo de los mortales para transmitir el sentimiento de amor que en efecto tuvo. El problema es que ella lo confundía, involuntariamente, el mensaje y con el instrumento.

Muy capaz que si en la escena de la cerámica le decía “Te Amo” en vez de “ídem”, la película no hubiese sido sino otra historia sobre un crimen de un hombre que muere en un asalto dejando sola a su pareja. Que sobran antecedentes así aquí.

Existe además otro problema cuando se le manifiesta el amor a otra persona, ya que si el receptor se empeña, voluntariamente o no, a recibir tanto el mensaje como su contenido de la manera que sólo espera ocurra, serán más que usuales las respuestas ultra conocidas en todo idioma, toda cultura y cualquier época de  “que me vas a amar tu”, “tu no amas a nadie”, “no sabes amar”, “no sabes lo que es el amor”, y así ciento de expresiones en el mismo sentido, por lo que cualquier intento en aclarar el mensaje, intentarlo con otros medios, apostaría que muchas son las probabilidades de ser infructuoso.

Por otra parte, callar y no expresarlo, podrá ser considerado como acto de mayor displicencia y desinterés, por lo que debemos siempore buscar maneras de hacer entender que no es el mensaje, no es el medio, el instrumentos, es el sentimiento, es la razón, es la verdad lo que ha de transmitirse, y para ello debemos aceptar como primera premisa  que todos somos distintos, únicos, irrepetibles, con nuestros propios sentires y pareceres, con nuestros propios idiomas, tanto para decir como para escuchar, y que para poder lograr los equilibrios que tanto necesitamos en todos los aspectos de la vida sepamos que recibir las respuestas que deseamos de la manera que esperamos hacerlo no significa que no nos amen y no amemos, y así como la confianza, con el orgullo, con el respeto.


Fotografía tomada de:

1 comentario:

  1. Lo importante es entender que cada quien tiene su micromundo de necesidades afectivas, preocupaciones, deseos , desesperanzas y motivaciones. Es natural y, sólo la tolerancia y hasta la malicia nos permitirán saber quien nos necesita y quien no. Cuando aprendemos a escuchar exactamente lo que no se dice, la solución a todos los problemas de comunicación (que lo son todos) trae oxígeno a las relaciones interpersonales; por eso un insípido "like" o un insulso"¿que hiciste hoy"? pueden fastidiar a la personalidad mas asertiva o bien, pueden cambiar la vida no solo del destinatario sino del emitente que se dará por satisfecho con solo saber que fue "escuchado". ¿Crisis de soledad?

    ResponderEliminar